Valiente!

Por: Carmen Luna Vargas

Éramos unas niñas de entre doce y catorce años de edad. Mis hermanas Lupe, Licha y yo nos habíamos entretenido contando historias de aparecidos y brujas y, ya tarde y algo nerviosas por los relatos, nos dispusimos a dormir. El Retiro, hermoso ranchito propiedad de nuestros padres, aunque un poco apartado del poblado, era siempre tranquilo, y las familias de la región se apoyaban unas a otras.

Estábamos solas porque nuestros padres habían salido; sólo teníamos la compañía de nuestra cuñada Gila, quien no hacía mucho había contraído matrimonio con nuestro hermano Chabel y, por lo pronto, vivían ahí, en una parte de la casa. Catalino, nuestro otro hermano, también casado, había construido su casa en el mismo rancho, un poco apartada de la nuestra, así que solas no estábamos, porque aunque nuestros hermanos habían salido a la sierra a traer unos caballos, teníamos la compañía de Gila y, muy cerca de ahí, a Laurencia, esposa de Catalino.

Dormidas estábamos ya cuando entró Gila, apresurada y un tanto agitada. Nos dijo que había escuchado que alguien intentaba abrir “la galera”, como llamaban al espacio que mi papá dedicaba a guardar los granos y a almacenar monturas y enseres de labranza.

—Clarito oí que jaloneaban el candado —dijo Gila—, y creo que el ladrón escuchó que me levanté, porque luego oí que corrió y como que brincó el cerco de piedra.

Mientras Gila nos informaba, Licha entró a la recámara de nuestros padres y regresó cargando el rifle Mauser de mi papá. Abrió la ventana y preguntó a Gila:

—¿Para allá dice que corrió?

Ante la respuesta afirmativa, montó cartucho en el rifle y disparó con rumbo a El Venadito, otro ranchito cercano.

—Verán qué susto se va a llevar el ladrón —dijo.

Montó otro cartucho y disparó de nuevo.

Lo que más recuerdo es que, aparte de ver a mi hermana tan gigante, tan valiente, con cada disparo el rifle la aventaba hacia atrás dos o tres pasos. Luego tomó unos pantalones que mi mamá tenía ahí, listos para la plancha, seguramente de Octaviano, nuestro otro hermano. Se echó el rifle al hombro y se plantó un sombrero en la cabeza, me imagino que para parecer hombre.

—Voy a ver que el maleante no se robe los marranos que tiene Catalino engordando en el trochil.

Salió cerrando la puerta tras de sí y, al rato, regresó con la novedad de que allá, en casa de Catalino, todo estaba bien.

A media tarde del día siguiente llegaron Isabel y Catalino. Les contamos la historia e, incrédulos, buscaron huellas y sí encontraron unas que iban en el rumbo que dijo Gila. Al otro día llegaron nuestros padres, Quirino y Delfina, y no sólo se encontraron con la historia del ladrón, sino que llegaron a tiempo de atender a Licha, que se sentía mal y tenía fiebre. Esa misma tarde pasaba el transporte con rumbo a Santa Bárbara para que la atendiera un médico, porque además de la fiebre tenía ampollas en la espalda.

A su regreso, ya con Licha saludable, nos contaron que el doctor les dijo que la habían llevado a tiempo, porque seguramente le picó una araña ponzoñosa. Lo bueno era que el veneno, en su mayor parte, estaba en las ampollas, pero que, de haberse tardado más, posiblemente se habría introducido por la piel.

En esa ocasión, Licha nos impresionó por su valentía. Esa valentía la habría de acompañar siempre.

La valentía no se limita a la batalla o a la pelea; las verdaderas pruebas de valor son mucho más profundas y calladas. Son pruebas íntimas, como ser leales y fieles cuando nadie nos observa, soportar el dolor en la habitación vacía. Valentía es quedarse sola y que nadie te comprenda realmente.

Lo digo yo por experiencia propia.

¡Te quiero mucho, hermana!


Este relato nos recuerda que la valentía auténtica no siempre se anuncia con ruido ni se reviste de gestos heroicos visibles, sino que muchas veces se manifiesta en actos espontáneos, nacidos del amor, la responsabilidad y el instinto de proteger a los otros. La figura de Licha encarna ese valor silencioso que surge en la infancia y se vuelve carácter para toda la vida, un coraje que no presume, pero que sostiene, cuida y resiste incluso cuando el miedo, el dolor o la incomprensión están presentes. Es una valentía que se aprende sin discursos y que deja huella en la memoria familiar como una lección íntima y perdurable.

2 comentarios en “Valiente!”

  1. Buena narradora Carmelita y qué forma de rematar su historia describiendo lo que la valentía es, mujeres fuertes con valores profundos y un gran amor por los suyos.

    1. Gracias por sus comentarios que dan mayor vida a los relatos y alientan a mantener a la vista la información. Ojalá también a alimentarla con nuevas anécdotas o historias familiares. Hay muchos datos que ya no podemos tener de primera mano pero que con la colaboración de varios podemos reconstruir. Ejemplo: ¿Cómo fue el encuentro de mi tía Vicenta con el rayo que afectó su ojo? ¿Cómo lo sufrió; cómo fue atendida; dónde; en qué fecha sucedió; etc.?

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