Desterrado por las gallinas
Por: Ricardo Rodríguez Luna
La carta que me acompañó en mi camino de regreso a casa la escribió mi tío Octaviano, dirigida a mi madre. Decía, más o menos, lo siguiente:
“Por orden de la autoridad máxima del poblado de Saltillo, municipio de Villa Ocampo, Dgo., siendo las 9:00 horas del día (no me acuerdo cuál), del mes de julio de 1968, se pidió el destierro para Richard, quien reconoció y así lo manifestó, haber matado a pedradas a nueve gallinas, de las cuales una estaba culeca”.
Lo que más lamentaba aquella tarde de julio del año 68 era haber perdido la oportunidad de pasar mis vacaciones escolares allá en Saltillo, donde vivían mis abuelos, papá Quirino y mamá Fina. Casi todos los años pasábamos ahí los días más felices de todo el año, en compañía de un montón de primos y primas. Nada igualaba las experiencias vividas en aquel lugar.
Mi primo Alfredo y yo parecíamos tener una competencia para ver quién inventaba las mejores diabluras.
Pero ahora ahí estaba, de regreso en Santa Bárbara, solo y con una carta en el bolsillo del pantalón dirigida a mi madre. Justo cuando apenas empezaba lo bueno de las vacaciones, el tío Octaviano me subió al camión de regreso, no sin antes ponerme la carta en el bolsillo.
Cuando mi madre leyó la carta, hube de explicar que a Alfredo y a mí se nos ocurrió la idea de aplastar con piedras a las gallinas en el gallinero de la casa de Rutilo y Tina.
Gracias a la idea que tuvimos mi primo Alfredo Corral y yo, toda la familia comió gallina mañana, tarde y noche, y todavía por la mañana. Antes de subirme al camión, me mandaron bien almorzado, con caldo de gallina y su buena pechuga.
Mi mamá no podía creer aquello y me preguntó, enojada, por qué no mandaron también a Alfredito.
—Seguramente porque se les arma con Carmelita —dijo, molesta.
Bueno, esa fue mi primera y espero que última experiencia de destierro. Era un niño, pero el recuerdo prevalece en la memoria de mi familia, gracias a la manera tan particular del tío Octaviano de comunicarlo en aquella carta.


El texto nos recuerda que la memoria familiar no se construye solo con grandes hazañas, sino con pequeñas travesuras elevadas a la categoría de leyenda, donde la exageración cariñosa y el humor terminan por redimir la falta. A través del “destierro” infantil, narrado con lenguaje casi oficial, se revela cómo la autoridad, la picardía y el afecto conviven en la vida cotidiana, y cómo una anécdota vergonzosa puede transformarse con los años en un relato entrañable que une a la familia y provoca sonrisas cada vez que se vuelve a contar.