Carmelita: eres mi heroína
Por Luis Quirino Luna Vargas
Cuando apareció este proyecto de Notas de Familia, me dispuse a escribir algo sobre mi hermana Carmelita. Le estuve dando vueltas por unos días a cómo expresar mi sentir por ella y, en eso, apareció el escrito de nuestro sobrino Ricardo —un gesto excelente de su parte—. Leí también todos los comentarios que de ella hicieron hijos, sobrinos y nietos, y me di cuenta de que me habían quitado las palabras de la boca, así que me di a la tarea de rehacer mi trabajo. Finalmente, mi escrito quedó así:
En lo general, nuestra familia ha sido unida, honesta y alegre. No hemos vivido un cuento de hadas, porque también pasamos por momentos muy difíciles, pero entendemos que la vida es así, por lo que podemos decir que también hemos sido valientes. Perder un hijo o un esposo son duras pruebas por las que han pasado mis hermanos y hermanas. Hoy, en particular, quiero referirme a Carmelita, quien dolorosamente perdió a su esposo Alfredo y de pronto se vio con sus seis hijos, sin tener nada que de alguna manera le permitiera subsistir, como una casa o alguna propiedad. Quedó, pues, en absoluta miseria.
Gracias a Dios, como ya mencioné, somos familias muy unidas y solidarias; sin embargo, la circunstancia de cada uno en aquel entonces —1967— no era muy cómoda. Cada familia luchaba por su propia subsistencia económica con mucha dificultad, así que ninguna ayuda a Carmelita podía ser suficiente. Por ello, se vio enfrentada a un panorama de penalidades y sufrimientos, ella que nunca había tenido que ganar el sustento para sus hijos.
Ninguna de las dos familias de las que son descendientes sus hijos podía aliviar su situación de manera suficiente para que ella no tuviera preocupación alguna por la alimentación, el vestido y la escolaridad de sus hijos. Ella reconoce el techo y el cuidado con que la familia la cobijó, pero definitivamente necesitaba enfrentar la vida de alguna forma, por lo pronto desconocida, para sacar adelante a sus hijos. Mi hermana, además, siempre ha sido una mujer con mucho orgullo, que de ninguna manera se habría quedado sentada, entregada al sufrimiento, esperando a ver quién le ayudaba con la carga de su familia.
La vida le había brindado habilidades que nunca había usado con un sentido económico. Había aprendido de nuestra madre a hacer costuras, y su marido Alfredo le había regalado una máquina de coser que se convirtió en su primera herramienta de trabajo. Pronto se volvió una profesional de la costura. Consiguió un catálogo grande y grueso de tiendas gringas, y ahí sus clientes escogían el modelo de ropa que ella les confeccionaba. Pedaleó su máquina de día y de noche, pero pronto se dio cuenta de que no le rendía lo suficiente y de que sus fuerzas y su vista estaban menguando.
Fue entonces cuando decidió dar el siguiente paso en el mismo ramo del vestido. Arregló pasaporte y se fue a comprar ropa ya hecha a El Paso, Texas. Aprendió a buscar ofertas por todas las tiendas y las trajo de “fayuca” para venderlas en abonos, lo mismo en Santa Bárbara que en Parral, Chihuahua. Así, con entusiasmo, estuvo un tiempo haciendo viajes de compra, pero alimentar seis bocas siempre hambrientas, comprar útiles escolares y cubrir cuantas necesidades se presentaban, aunado a que la clientela no era muy buena para la paga, poco a poco la fue dejando sin capital para invertir.
No hay que hacer mucho esfuerzo de imaginación para saber la desesperación que iba sintiendo. ¿Ahora qué seguía? ¿Qué tenía que hacer para sostener a sus hijos? Santa Bárbara y Parral no ofrecían ninguna opción de empleo para una mujer como ella. La situación requería medidas extremas. Pensó en su esposo, que tantas veces había ido de bracero a trabajar a Estados Unidos. Ahora era su turno de ir a buscar los dólares allá.
Con todo el dolor de su corazón, dejó a sus hijos lo mejor instalados que pudo y, junto conmigo, tomamos rumbo hacia el norte. Pretendíamos llegar a Los Ángeles, California, porque yo ya había estado allá. Logramos cruzar la frontera y, cuando ya estábamos cómodamente sentados en un camión Greyhound y casi por salir, llegó la “migra” y nos bajó. Por suerte, ya en las oficinas, el agente de migración me preguntó de dónde era y yo, por decir el lugar más conocido, le dije que de Parral. Resultó que él estaba casado con una señora de apellido Baca, originaria de Parral, y agarramos una plática sabrosa. Nos trató muy bien y nos encaminó hasta la línea divisoria del puente fronterizo; se despidió y nos dijo que nos esperaba de regreso, pero por la vía legal.
Habíamos cruzado de manera ilegal porque yo no tenía pasaporte, pero ella sí, y además, gracias al buen trato del agente de migración, no se lo decomisaron. Así que me informó que ella no se regresaba con las manos vacías y que cruzaría, como dijo el oficial, por la vía legal.
Con el corazón apachurrado la vi partir hacia su arriesgada aventura, porque ella no había estado más allá de la frontera. Le di todos los consejos que pude: dónde pedir informes al llegar y a quiénes buscar para que le ayudaran a conseguir trabajo. Le di mi bendición y ella me dejó la suya. Logró llegar y pronto estuvo trabajando largas y cansadas jornadas en el mismo ramo que ya conocía, haciendo ojales, poniendo botones y levantando bastillas en la industria de la costura.
Para entonces, sus suegros, don José y doña Chole, se cambiaron a vivir a la ciudad de Chihuahua y se llevaron con ellos a los más pequeños: Myrna, Alfredo y Alfonso. Yolanda vivía en Parral con mi hermana Vicenta mientras estudiaba. Lalo y Judith se quedaron cursando la secundaria en Santa Bárbara. Vivían solos, pero Willivaldo y Lilia —sus tíos— eran vecinos y cuidaban de ellos.
Hoy en día, todos sus hijos trabajan en el sistema educativo de su ciudad, cerca de su madre y al pendiente de ella, con excepción de Alfredo, quien, aunque tiene su profesión de ingeniero zootecnista, decidió probar suerte en Las Vegas, Nevada, donde se quedó a radicar. Aunque lejos, Alfredo siempre ve por su madre y procura que viva con comodidad.
Por todo lo que en este texto les narro —y aun así me quedo corto—, podrán darse cuenta de la clase de mujer que es mi hermana, del orgullo que siento por ella y del gran cariño que le tengo, y ella lo sabe.
Carmelita: eres y serás siempre mi heroína por tu amor y valentía.
Quiero hacer una reflexión de mi propio escrito: qué pocas palabras se necesitan para narrar parte de una vida, pero cuántas cosas se quedan sin decir, porque sólo ella sabe cuántas lágrimas, cuánto miedo, cuánta soledad…






Este texto es un homenaje íntimo y honesto a la fortaleza silenciosa de una mujer que convirtió la adversidad en motor de vida, mostrando que el verdadero heroísmo no siempre hace ruido ni busca reconocimiento. A través del trabajo, el sacrificio y el amor inquebrantable por sus hijos, Carmelita encarna a tantas mujeres que sostienen al mundo desde la sombra, demostrando que la valentía más profunda es seguir de pie cuando todo parece perdido.