¿Coyote… o no?
Por: Cecilia Luna Vargas
Érase una vez, en El Retiro, Durango, municipio de Ocampo, un ranchito tan bonito donde vivimos momentos muy felices, de esos que dejan recuerdos imborrables. Recuerdo cuando, en las vacaciones de la escuela, todos los sobrinos se juntaban y formaban un ejército de niños de todos tamaños, que lo mismo jineteaban burros, becerros y hasta marranos; colgaban columpios en el álamo grande; nadaban en el río; o, con vigas, armaban sube y baja. En fin, se divertían como enanos recién escapados de circo, alegrando con sus gritos y risas todo el campo.
En ese hermoso lugar de mis recuerdos les cuento estas historias de mi hermano Octaviano.
Allá por el año de 1962 o 1963, nuestros padres se ausentaron por unos días, por lo que Panfilita y yo nos quedamos bajo el cuidado de Octaviano, que en ese entonces tendría unos 24 o 25 años de edad, y nosotras andábamos por los diecinueve. Octaviano salió muy de madrugada —creemos, porque ni cuenta nos dimos— y regresó a media mañana con una pierna de carne fresca. Nos dijo que era de borrego y que nos la mandaba nuestra hermana Licha.
Nosotras ya habíamos desayunado huevos y frijoles, pero aun así le ofrecimos prepararle algo y le dijimos:
—Si quieres, te podemos asar un trozo de carne.
Él declinó la oferta. Dijo que ya había comido y que iba a Saltillo a llevarles carne también a nuestros hermanos Chabel y Vicenta. Enganchó la mula al carro y se fue. Saltillo es un pequeño poblado que dista unos tres kilómetros de nuestro ranchito.
Pasado el mediodía, Panfilita y yo nos hicimos una rica salsa de chile güerito y pusimos en la plancha de la estufa unos buenos trozos de carne de la pierna que nos dejó Octaviano. Estábamos terminando de comer cuando, en eso, entró él y nos vio saboreando aquella delicia. Se rió y de inmediato salió de la casa. Regresó con un cuero de coyote en las manos y, con tremenda carcajada, alcanzamos a entender que nos decía:
—¡Miren lo que están comiendo!
Mi reacción inmediata fue tirarle la cuchara que tenía en la mano, luego una jarra, y Panfilita le aventó el plato. Octaviano salió corriendo y nosotras tras él, levantando piedras a nuestro paso y lanzándoselas. Luego yo me detuve y Panfilita también dejó de seguirlo; me vio como preguntando, y yo le dije:
—No creo que nos haya dado carne de coyote. Debe ser una de sus bromas.
Entre tanto, Octaviano seguía con sus carcajadas y agitaba el cuero hacia nosotras. Decidimos no hacerle caso y regresamos a la casa. Después de un rato, Octaviano, con cuidado y tanteando el terreno, se nos fue acercando y, cuando se sintió seguro de que no lo íbamos a agredir, nos preguntó riendo:
—¿Verdad que tiene rico sabor la carne de coyote?
Y Panfilita y yo, entre risas, le decíamos que sí.
La verdad es que teníamos la certeza de que no era capaz de darnos a comer carne de coyote ni de llevarles lo mismo a sus hermanos mayores; pero también nos quedaba la duda de que quizá sí era capaz de eso y de más.
Tiempo después le pregunté a Chabel si había comido carne de coyote que le dio Octaviano. A mi hermano solo le dio risa, pero no contestó. Le insistí, y su respuesta fue aún más risa.
Así que hasta hoy sigo con la duda.
Con el tiempo, esa historia se fue tejiendo cada vez más. Se cuenta que en el camino se encontró a fulano —me guardo el nombre—, quien, al ver que llevaba carne, insistió en que le vendiera un trozo y, haciéndose del rogar, terminó vendiéndoselo. Más adelante se encontró a sutano —también me guardo el nombre— y también le vendió. Ya entrando a Saltillo, Mengana le quiso comprar y Octaviano caritativo le regaló un trozo.
Octaviano repetía sus travesuras varias veces, solo hacía algunos cambios, y no faltaba quien cayera en ellas, sobre todo porque era bueno para planearlas. Mis padres, Quirino y Delfina, cada año, para el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, hacían fiesta y cocinaban para una buena cantidad de invitados que siempre nos acompañaban.
Para una de esas reuniones, Octaviano, días antes, con una trampa, había atrapado un coyote y lo mantuvo en secreto, alimentándolo con masa de maíz, algunas sobras de comida y agua.
Para la fecha de la reunión, los jóvenes llegaban más temprano que el resto de los invitados, así que cuando arribaron los amigos de Octaviano, él ya tenía los carbones de una fogata que había encendido con leña de encino y había dispuesto una parrilla sobre ella, en la que se asaban unas jugosas lonchas de carne.
—¿Qué haces, Tolano? —le dijo uno del grupo de amigos que se acercaba.
—Mi almuerzo —contestó—. Es que para cuando esté la comida ya me morí de hambre.
Con el cuchillo le dio vuelta a los cortes de carne y puso unas tortillas en la parrilla.
—Ahí les encargo, voy por un poco de sal —les dijo, y se fue rumbo a la cocina.
Tardó más de lo necesario y, cuando volvió, la carne y las tortillas ya habían desaparecido de la parrilla. Fingió asombro y notó que algunos escondían el taco de carne a sus espaldas y otros, más descarados, lo comían sin pena alguna.
—Ah, qué la… Bueno, no hay problema. Comemos todos y en paz. Voy a traer otra poca de carne para mí.
Fue a la cocina y regresó con más carne y tortillas, que volvió a poner en la parrilla. Después de darles vuelta y calentar las tortillas, les anunció:
—Voy a traer unos chilitos, pero les encargo: no me vayan a dejar sin comer.
A su regreso, nuevamente encontró la parrilla vacía.
—Ah, cómo serán… Ya me fregaron otra vez con la carne. Espérenme tantito, ahí vuelvo.
Se fue rumbo a los corrales y regresó con la piel aún fresca del coyote que había desollado.
—No, pues ahora sí que me quedé con hambre, porque ya carne no hay. Me queda el puro cuero —dijo, y lo tiró ahí, enfrente de todos.
Ya imaginarán quienes esta historia lean o escuchen, la reacción de todos al saber que habían comido carne de coyote.
Así era mi hermano Octaviano Luna Vargas. La verdad, ninguno de nosotros ha sabido a ciencia cierta si comimos carne de coyote… o no.






El relato retrata con humor y picardía la vida rural y la convivencia familiar, donde las bromas, aun las más extremas, formaban parte del carácter y la memoria compartida. Más allá de la anécdota del coyote, la historia habla de la confianza, la ingenuidad y el asombro con que se vivían esos años, cuando la palabra de un hermano bastaba para sembrar duda o risa durante toda una vida. Es también una muestra de cómo los recuerdos se vuelven leyenda con el tiempo, mezclando verdad y exageración, hasta quedar convertidos en historias que, más que respuestas, nos regalan identidad, complicidad y la certeza de haber crecido en un entorno donde la risa y el ingenio eran tan esenciales como el pan en la mesa.