Mi compadre el diablo
Por: Domitilo Luna Meléndez
Hace tiempo, el tío Octaviano Luna, con su ingenio e imaginación, se dio a la tarea de crear un compadre: “el Diablo”. Verán, primero buscó un lugar estratégico para fabricar un muñeco con las características del señor de las tinieblas. Con su talento y usando material que encontró a la mano, fabricó al famoso compadre “el Diablo”. Le dio la apariencia completa del conocido diablo de pastorela: cuernos, cola y trinche.
El tío Tolano poseía facilidad para conversar con los jóvenes del rancho, así que nos preguntó si queríamos conocer a su compadre el Diablo. La mayoría aceptó, motivados por la curiosidad, el morbo o por vencer el miedo que nos embargaba a todos.
La tarde estaba cayendo y, como estábamos en grupo, eso nos daba valor para dicho encuentro. Una vez que todos aceptamos, nos dejó esperando mientras el tío fue a decirle a su compadre que lo queríamos conocer. Le colocó un cigarrillo al monigote y se lo encendió, en tanto que nosotros, temerosos, esperábamos donde nos había dejado.
Luego nos hizo avanzar otro poco, mientras nosotros, inquietos, le preguntábamos dónde estaba su compadre, a lo que él, con voz tenebrosa, contestó:
—¡Acá está, muy cerquitaaaaa!
Y hacía crecer el suspenso caminando con mucho cuidado y volteando a ver para todos lados.
Para entonces ya había oscurecido y la luna le daba al lugar un aspecto aún más tenebroso. Caminamos un poco y, sorpresivamente, al dar la vuelta hacia un barranco, ¡ahí estaba el diablo con un cigarro prendido en la boca! Al verlo tan repentinamente, con el cigarrillo humeante, algunos dijeron “patitas, ¿pa’ qué las quiero?” y se escuchó el tropel y sus gritos. Otros nos quedamos paralizados, con las piernas temblorosas, todos muy pegados al tío, buscando su protección. Vimos en su rostro esa gran sonrisa que lo caracterizaba y eso nos dio confianza para permanecer ahí.
—No se rajen —nos dijo—.
—¿No que querían conocer a mi compadre?
Esa noche conocimos al mismísimo Diablo, compadre de mi tío.
Esta broma la logró repetir el tío Tolano en varias ocasiones.


El texto revela cómo un gesto aparentemente mínimo puede desatar consecuencias inesperadas y duraderas, recordándonos que la palabra escrita tiene peso y alcance más allá de la intención inicial. Entre el cansancio, la confianza y una corrección maliciosa disfrazada de ayuda, nace una confusión que se vuelve anécdota familiar y memoria colectiva, demostrando que las historias, como los rumores, crecen, se transforman y terminan formando parte del tejido cotidiano de una comunidad.