Al Final de este cuento de la vida real, hemos agregado otro llamado “Gallegadas de la tía Hilda. ¡Que te diviertas!
Y seguiremos agregando tantos como los que nos compartas.
El Cerrajero
Por: Gerardo Corral
Se cuentan varias teorías del origen de los Corral. Unos aseguran que venimos de España, otros que de Francia, y no faltan los valientes que dicen que en realidad somos irlandeses que un día se aburrieron de su apellido y lo cambiaron.
Yo, en lo personal, creo que lo nuestro es cosa de Galicia. Sí, señor: directito de “los Corral” gallegos. Porque a los Luna ydemás parientes no les noto lo gallego… pero a los Corral, sí. Sobre todo a mi hermana Yolanda.
Y como muestra, les contaré dos joyitas de mi hermana que bien podrían servir de ejemplo en un manual de galleguismo ilustrado.
Primera anécdota: “La niña olvidada”
Un día, Yolanda subió a un camión urbano con su bebé Ivón en brazos. El camión, como siempre, venía lleno hasta el tope. Nadie —ni un caballero— le cedió asiento, pero una señora de buen corazón se ofreció a cargarle la niña para que viajara más tranquila. Todo iba bien hasta que llegó la parada. Yolanda se bajó como si nada, caminando con toda calma… ¡y sin la bebé!
El camión arrancó, y la buena mujer, desesperada, asomó a la ventana y le gritó:
—¡Señora!
Yolanda, todavía inocente, le respondió:
—¿Qué se le ofrece?
La señora levantó a Ivón en brazos y le mostró lo “olvidado”. Entonces sí, Yolanda pegó un grito de película:
—¡¡¡Mi hija!!!
Y corrió como alma que lleva el diablo para detener el camión.
Que si será gallega mi hermana…
Segunda anécdota: “El cerrajero”
Otro día, al terminar su jornada laboral, Yolanda salió contenta rumbo a su coche. Buscó las llaves en su bolso… y nada. Se asomó al interior del auto y ahí estaban, descansando plácidamente en el asiento, con las puertas cerradas. Tocó llamar a un cerrajero.
Llegó el hombre, sudó la gota gorda, batalló como guerrero medieval contra el carro, hasta que por fin venció: ¡puerta abierta!
—Señorita, está usted servida —dijo orgulloso.
Yolanda, feliz, le pagó lo acordado… pero en ese momento le asaltó la duda: “¿Habré cerrado bien la oficina?”. Así que, muy propia, le dio las gracias al cerrajero, bajó el seguro del coche y se fue a revisar.
Detrás de ella, el pobre hombre todavía alcanzó a gritar:
—¡Señora, las llaves están adentro!
Resultado: el cerrajero tuvo que abrir el coche… otra vez.
En conclusión: si mi hermana no es gallega, yo no sé qué más prueba quieren.
Te debo una, o más bien dos, Yolanda. Eso sí: tienes derecho a vengarte publicando algo por aquí.




Al final, estas historias de Yolanda nos recuerdan que todos cargamos con pequeños despistes que nos hacen más humanos. Lo importante no es la torpeza del momento, sino la risa que deja después. Porque la memoria puede fallar, las llaves pueden quedarse adentro y hasta los hijos pueden olvidarse en un camión… pero lo que nunca se nos debe olvidar es disfrutar la vida con humor y cariño.
Gallegadas de la tía Hilda
Por: Gerardo Corral
A petición de la misma tía Hilda Corral —quien muy generosamente me permitió contar una de sus gallegadas, porque he de decir que ella sí es profesional en eso—, les voy a narrar la de “La puerta”, que fue la que me autorizó.
Pero como soy risueño y me hacen cosquillas las travesuras ajenas, pues contaré también la de “Dónde dejaste el carro”.
La puerta
Iba llegando Félix Alfonso Lugo a su casa. Antes, hago un paréntesis para dibujar al querido Poncho Lugo. Era un hombre de esos que uno llama todo un caballero: educado, amable, paciente y siempre dispuesto a brindar apoyo a los demás.
El caso es que el buen hombre iba llegando a su casa, que en ese momento estaba sola. La familia había salido, pero mi tía Hilda, su esposa, sabía que su marido no traía llaves para abrir la puerta. Así que tuvo la precaución de dejar escondida una copia, y para que él no batallara buscando el escondite, le dejó un recado pegado en la misma puerta, que a la letra decía:do, en el medidor te dejé escondida la llave de la casa.”
A pesar del recado —que podía ser visto por cualquiera que pasara por ahí—, el tío Poncho de todas formas batalló un poco, porque la tía, en sus letras, no indicaba si en el medidor de la electricidad o en el del agua.
¡Sí será gallega!
Dónde dejaste el carro
Llegó la tía Hilda de hacer unas compras en la tienda de conveniencia cercana y, por ser muy observadora, notó que en la cochera no se encontraba el automóvil.
Inmediatamente montó en cólera al pensar:
“¡Esta muchacha ca… nija ya se llevó el carro y no me avisó!
Se desconcertó aún más al entrar y ver que la muchacha ca…, digo, Kristy, su hija, estaba pegada al teléfono hablando con alguien.
Hilda no se aguantó y la increpó:
—¿Dónde está el carro? ¿Quién se lo llevó?
Kristy tapó la bocina con la mano y le contestó:
—¿De qué hablas? No sé qué me dices.
—¡Cuelga, cuelga! —le ordenó la madre.
Ella se despidió de la persona con quien hablaba y colgó la llamada.
—¿Qué te pasa, mamá? ¿Cuál carro?
Entonces Hilda sí se preocupó más, porque si la ca…, digo, Kristy no sabía que el carro ya no estaba en la cochera, entonces alguien se lo había robado.
Así se lo explicó a su hija, que también se preocupó, y juntas discutieron qué hacer: lo correcto, llamar a la policía.
Pronto llegó una patrulla. Los agentes tomaron los datos y les indicaron que fueran a levantar la denuncia, asegurándoles que la búsqueda ya había iniciado.
Para entonces ya se habían juntado algunos vecinos y vecinas al chisme, y uno de ellos le dijo a Hilda:
—Yo vi uno igual al suyo en la tienda OXXO.
A la tía Hilda se le fue un color, luego le vino otro… y otro. Sacó cuentas rápido, tocó el bolsillo del pantalón donde tenía las llaves del carro y respondió apresurada al vecino:
—No, ese no es el carro. Ahí tienen otro igual al nuestro.
Y entonces deseó con todas sus fuerzas que ya se fueran la policía y los curiosos, porque al oír el comentario recordó su recorrido:
fue a hacer las compras en el carro, pero de regreso se vino caminando.
¡Sí será gallega!
Confesión aparte:
He de reconocer que yo también algo tengo de gallego, porque me pasó lo mismo que a la tía Hilda: fui a comer a casa y cuando despues de un corte de carne asado a la plancha y una breve siesta, me disponía a regresar al trabajo y mi automovil había desaparecido de el frente de la casa. Lo busqué en los alrededores y no lo encontré. Estuve al filo de llamara la policía pero logré recordar que en el trayecto a casa había llegado a la carnicería cercana y ahí abandoné el carro.
¡Si seré gallego!




Las anécdotas de la tía Hilda nos recuerdan que el humor más genuino no proviene del ingenio calculado, sino de los pequeños descuidos de la vida cotidiana. En su aparente torpeza, hay una ternura desarmante que nos invita a reírnos de nosotros mismos, a aceptar que todos llevamos dentro una “gallegada” esperando su turno. Y quizás, como la tía, aprender a tomarlas con la misma gracia con que las provoca: sin perder la sonrisa.
Si cuento una o dos anécdotas tuyas
Si cuento una o dos anécdotas tuyas..luego te vas como hilo de media con las mías..guardas mis ocurrencias con las cuales te puedes ir a stand up comedy..harías $ 😂