La cama grande
por: Guadalupe Luna Vargas.
Esta me la contó mi esposo Benito Rodríguez:
Por aquellos años en que las tierras no daban para mucho, el trabajo era escaso y mal pagado y había poco. Aunque pensándolo bien, si había mucho, pero necesidad y bocas que mantener, Octaviano tenía una buena colección de “escuincles”, y nosotros no nos quedábamos atrás, los dedos de una mano no alcanzaban para contarlos. Total, que no había de otra. Fueron a parar a Las Vegas, mi esposo Benito y mi hermano Octaviano. Pronto se establecieron junto con un señor llamado Juan, en un pequeño departamento, por llamar de buen modo aquella pocilga.
Una vez concretada la renta del lugar, tan pronto entraron notaron que había una cama tamaño matrimonial y un desvencijado catre individual, y apresurados Benito y Juan apartaron la cama grande y a Octaviano no le quedó más remedio que tomar el incómodo camastro aquel. Así pasaron unos días y Octaviano no se acomodaba a dormir y les pidió turnarse el lugar, pero Benito y Juan en sus trece, le dijeron que la cosa fue legal.
—El que ganó, ganó —le contestaron.
Esa noche, cansados se acostaron temprano, Octaviano esperó a que estuvieran dormidos sus dos compañeros, y entonces fue y se acomodó junto a Juan y haciéndose el dormido, empezó a acariciarle la cara y le decía
—Dame un besito, ándale dame un besito, y Juan se levantó espantado diciéndole
—Qué está loco, pos que se trae no sea cochino.
Y fue y se acostó en camastro. Octaviano se acomodó en la cama grande junto con Benito que estaba muerto de risa, pero también de cansancio y pronto empezó a agarrar el sueño, cuando sintió que Octaviano se le arrimaba un poco más de lo que dictan las buenas costumbres y diciéndole.
—Ahora si Benito, vas a pagar todas las que le has hecho a mi hermana!
Benito de un brinco ya estaba fuera de la cama.
Al final terminaron riendo, pero Octaviano ya había conquistado la cama grande.



Más allá de la picardía y la risa que provoca la anécdota, esta historia retrata con cariño una época de carencias en la que la convivencia, el ingenio y el humor eran herramientas indispensables para sobrellevar la dureza de la vida. Entre camas disputadas y bromas pesadas, se asoma una lección sencilla: aun en medio de la necesidad, la familia y la camaradería encuentran formas inesperadas de imponerse, recordándonos que reír juntos —aunque sea de la incomodidad— también es una manera de resistir y salir adelante.