Como tanteándole el agua a los camotes

Por: Gerardo Corral Luna

Hacíamos trabajos de construcción mi primo Ramón Luna y yo, más como entretenimiento que por motivos de subsistencia. Y ni cómo negar lo de entretenimiento, porque se dice que más platicábamos que lo que trabajábamos. Aunque, para ser justos con la verdad, habría que decir que más platicaba Ramón que lo que trabajábamos. Yo, más que nada, prestaba el oído.

Las historias que Ramón cuenta son infinitas, gracias a su prodigiosa memoria, en la que guarda hechos, nombres y fechas. Algunos familiares o conocidos, en defensa de sus parientes, le han dicho:

—Bueno, ¿y usted de dónde saca tantas mentiras, si eso que dice de mi abuelo es de la época en que usted todavía ni nacía?

Y Ramón defiende su dicho argumentando:

—Es la historia que yo conozco, porque la cuentan fulano y sutano, que sí vivieron en ese entonces.

En fin, Ramón siempre ha sido un coleccionador de historias. Que sean ciertas o no, eso no siempre se sabe.

En ese contexto, entre las muchas historias que me ha platicado, les contaré aquí una que sí es cierta y que titulo, como tanteándole el agua a los camotes. Aquí va, pues, esa anécdota que en realidad son dos, porque una le da cierto contexto a la otra, en voz de Ramón, pero con mis palabras.

En una ocasión andábamos por la sierra, mi tío Catalino y yo. Había hecho mucho frío por la noche. El terreno era accidentado y los caballos ya mostraban signos de cansancio. Habíamos tomado el lecho del río para atravesar aquellas montañas por un cañón no muy extenso, pero con riscos altos que se elevaban en vertical a ambos lados. Eso impedía que los rayos del sol pasaran, salvo un rato al mediodía, así que, aunque en lo alto seguramente ya hacía calor, acá abajo el frío aún era intenso.

Mi tío detuvo el paso del caballo y se alzó sobre los estribos de la montura para contemplar una tinaja de agua cristalina, en la que ya no se notaba la corriente del río y nadaban una buena cantidad de pequeños peces. Mi tío Catalino se bajó del caballo y empezó a despojarse de la ropa.

—Mire, güero, qué buena está el agua. Véngase, vamos a darnos un chapuzón.

Me dijo esto mientras se adentraba al agua, rompiendo con su paso el hielo que había en la superficie. Yo me hice el gracioso para declinar su invitación y le contesté que ya me había bañado el domingo pasado y no me tocaba hasta el siguiente. Por supuesto que ni loco me iba yo a meter en esa agua que estaba a punto de hielo.

Años después, llegó mi tío Catalino a visitarnos. En ese entonces ya vivíamos en la ciudad de Chihuahua. Saludó a mi mamá y a los que ahí estábamos. Antes de continuar, les diré que mi papá, José Isabel, a quien todo mundo conocía por Chabel, y mi tío Catalino se llevaban apenas un año y meses de diferencia de edad. Mi papá era el mayor de los dos, así que habían crecido juntos, con los mismos juegos, los mismos amigos y las mismas aventuras.

El caso es que le informamos a mi tío que mi papá estaba tomando un baño de regadera. Mi tío, con la confianza que lo caracterizaba, salió al patio y llenó en la llave un bote de los de 20 litros con agua. Luego se dirigió al cuarto de baño y abrió la puerta con sigilo.

Aquí he de agregar que mi papá no era muy afín al agua fría, y el calentador, que era de leña, apenas si le quitaba lo helado. Para bañarse hacía todo un ritual: primero metía un pie al chorro de agua, luego el otro; después se salpicaba con los dedos el cuerpo para irse acostumbrando antes de meterse de lleno. En eso estaba mi papá, de espaldas a la entrada, cuando mi tío le vació el bote de agua helada y salió apresurado.

Todo eso nosotros no lo vimos, porque permanecimos en la sala esperando que regresara el tío, quien entró platicando como si nada. En eso apareció furioso mi papá, enredado en una toalla y chorreando agua.

—¿Quién, jijos…?

Mi tío lo saludó con toda calma:

—Quiúbo, Chabel. ¿Cómo estás?

Mi papá, de inicio desconcertado, no supo qué responder y luego, haciendo esfuerzos por no reír, le contestó:

—Espérame. Luego termino de bañarme y vengo a arreglar cuentas contigo.

Mario y Catalino Luna

Este relato nos recuerda que la memoria familiar no solo guarda hechos, sino también el humor, la complicidad y las pequeñas venganzas cariñosas que dan forma a la convivencia. Entre bromas, frío y risas contenidas, la historia muestra cómo los lazos más fuertes suelen expresarse en gestos simples, donde la confianza permite reír incluso del sobresalto, y donde tantear el agua a los camotes es, al final, una forma muy humana de decir “aquí seguimos, juntos, como siempre”.

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