El ataque de las abejas

Corre el mes de julio, y también corría la idea de Julio Vargas Villalobos: reunir a todas las familias emparentadas entre sí y originarias de la misma región. Esa primera reunión tuvo lugar los días 11, 12 y 13 de agosto de 2006. Aunque la intención de Julio era convocarnos en julio, al final, entre ajustes de agenda y acomodos de los participantes, la cita quedó para agosto. Algunos llegaron el viernes 11, otros el sábado 12, y todos salimos con nuestro domingo trece… gracias al ataque de las abejas.

Nos reunimos unas 200 personas, más o menos. En el grupo alguien preparaba carne asada; allá revolvían el cazo de carnitas; los chicharrones ya estaban en su punto; otros trajeron asado de puerco, y más allá la discada humeaba tentadora. Las hieleras no tenían fronteras: uno tomaba refrescos o cervezas a gusto, según lo que alcanzara o la sed que trajera. El conjunto norteño tocaba sin parar desde temprano, los bailadores no se hacían del rogar, los niños eran un enjambre corriendo de un lado a otro (presagio de lo que vendría), y los jóvenes se refugiaban lejos de adultos y pequeños, arremolinados en las afueras de la granja.

Desde aquella primera reunión, y en las que siguieron, gracias a la hospitalidad y organización de Julio Vargas, pasamos momentos de convivencia y alegría: unos reencontrando parientes que hacía mucho no veían, y otros conociendo familiares que ni idea tenían que existían. Julio no solo fue anfitrión: su visión siempre fue reunir a las familias dispersas, acercar a las nuevas generaciones. Además, él mismo nunca faltaba en los eventos ajenos: bautizos, aniversarios, funerales… siempre estaba ahí para apoyar. Como bien dice Chava Ramírez —esposo de Graciela Luna—: “Fueron experiencias muy emotivas. Ojalá le hubiéramos hecho un reconocimiento en vida, por esa bonita labor de reunir a familiares”.

En la primera convocatoria, Julio andaba de suerte. Ocurrió el famoso ataque de las abejas, que paradójicamente dio más fama al evento. Todo mundo lo platicaba después, y ese chisme animó a que más se sumaran a las siguientes reuniones. Aún hoy se recuerda con emoción aquel episodio.

Entraron a la granja como almas despavoridas Fernando Barraza Corral y Erick Moya. Alfredo Corral, que estaba en la entrada, les gritó:

—¿Ahora qué se traen, cabrones?

Fue entonces que notó la nube negra que los perseguía. Las abejas, que en principio creían tener solo dos enemigos, descubrieron dentro un ejército completo de humanos. La coronela Abeja al mando ordenó ataque general: un batallón completo se lanzó contra el grupo musical —que hacía más ruido y hasta cargaba un enorme tubo sospechoso—. El resto recibió orden de atacar a discreción.

Los músicos, estoicos, aguantaron. Tocaban polkas mientras se retorcían de dolor, intentando no perder el ritmo. Bueno… la verdad no fue así. Como comenta Gerardo Corral Jr., hubiera sido bonito que, como en el Titanic, tocaran hasta el final, cayendo uno a uno en choque anafiláctico. Coral Alejandra, hermana del Junior, coincide: habría sido un gesto heroico.

Coral cuenta:

—Mi papá, mis hermanos Alberto y Gerardo, mi hija Yara y yo corrimos hacia la pileta de agua, luego mejor decidimos brincar la barda que en ese punto era menos alta, hacia el terreno contiguo. Mi papá, después de mucho pensarlo, decidió dejar su preciada cerveza (de eso ya él les contará). Desde el refugio, yo veía a los músicos revolcarse en la tierra para espantarse a las abejas, luego levantarse para correr y otra vez caer, abandonando los instrumentos.

Alfredo Corral coincide con Coral y agrega que el tubero no lograba librarse del instrumento, se retorcía más por la tuba que por las picaduras. Cuando al fin se la quitó, huyó a la camioneta, donde ya estaban varios de sus compañeros.

—Aquello era una locura —dice Alfonso Corral—. Las abejas nos caían por todos lados. Mi compadre Leo empezó a repartir cigarros para ahuyentarlas con humo, pero la táctica no funcionó del todo. Mi hijo, mi compadre y yo corrimos a la pickup. Entre gritos y llaves que se caían al suelo, logramos subirnos casi al mismo tiempo, pero las abejas ya nos esperaban adentro, así que tuvimos que salir igual de rápido. Entonces fuimos a la pila de agua, donde ya había bañistas improvisados chapoteando con ropa y zapatos. Aventé a mi hijo al agua: traía más de trece piquetes. Por suerte, no resultó alérgico.

Alfredo Corral guió a su esposa Tere y a su madre a refugiarse en un cuartito de baño sin puertas ni ventanas sólo los huecos donde deberían ir. Ahí se les unió Yolanda y su hija Ivón que venían fumando muy cuatachas.

—a mi se me hizo raro —dice Alfredo, —porque que yo sepa mi hermana Yolanda no fuma y mucho menos la niña. 

Parapetados en ese cuartito, ahuyentaban abejas a sombrerazos y a humo de cigarro. 

Gerardo, por su parte, llevó a su familia a la pileta, pero decidió no meterse porque “ya se había bañado tres días antes” y temía una pulmonía. (En pleno agosto, pero uno nunca sabe), mejor decidió que brincaran la barda, cosa que a él se le dificultaba un poco porque en un brazo cargaba a su nieta Yara y con el otro sujetaba su cerveza que recién había destapado. Sólo el regaño de su hija Coral lo convenció de abandonar sola cerveza y concentrarse en alcanzares a la niña.

—Luego de que brincamos la barda, yo noté que las abejas se concentraban en mi y en Alberto, mi hijo, entonces ordené que nosotros nos íbamos por un lado y los demás por otro. Yo sentía a las abejas enredándose en mi cabello y zumbando por las orejas. Al final, las abejas vieron que éramos gente de paz, nos dejaron. Sólo a Alberto le picaron un par de ellas en el craneo.

Ya reunidos en una esquina atestiguamos el correr de la gente y especialmente a los músicos que dejaron los instrumentos regados por el suelo para refugiarse en el trasporte que los trajo. Vimos también en una esquina al tío Héctor Corral que había cortado unas matas de quelites y con ellos mantenía a raya a las abejas.

Cuenta Yolanda Corral que tiempo después padecía de dolores de cuello y estuvo yendo a terapia física para aliviar su dolor, hasta que un día el terapeuta le dijo que si le permitía sacarle un barrito que tenía en el cuello, precisamente en la parte adolorida. Ella se lo permitió y lo que extrajo resultó ser una lanceta de abeja, quizá alojada en un nervió, porque ese fue el remedio para que los dolores la abandonaran.

Y aunque nunca se logró que Fernando y Erick confesaran haber apedreado el panal, el veredicto popular quedó claro: la gran reunión familiar del 2006 fue interrumpida gloriosamente por un ejército de abejas furiosas.


Antonio Villalobos moviéndole al cazo.

El panal antes de ser molestado

Instrumentos abandonados. Músicos resguardados.

Llevando a las abejas lejos de la familia.

Este 3 de octubre de 2025, dijimos adiós a nuestro querido Blas Vargas Villalobos.

Lo curioso de aquella reunión no fue solo el ataque de las abejas, sino la manera en que un suceso caótico se convirtió en recuerdo compartido, contado con risas y exageraciones. Al final, más allá de la picazón y el susto, lo que permaneció fue la unión familiar y la anécdota inolvidable que todos siguieron repitiendo. Y quizá esa sea la verdadera enseñanza: que hasta las adversidades, si se enfrentan juntos, terminan convertidas en historias que fortalecen los lazos.

1 comentario en “El ataque de las abejas”

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